Hacia un mundo nuevo

Mientras antes conectamos, mejor: interacciones tempranas con nuestros bebés que desde antes de nacer son la base del desarrollo socioemocional.

Padres

 

Juan y Josefa son padres de una niña de 1 año y medio llamada Isidora. Un día, ambos padres muy abrumados discutieron, sin embargo creían que hablar tan fuerte delante de Isidora no le iba a afectar y que siendo tan pequeña “no iba a entender nada de la conversación”, sin embargo, se dieron cuenta de que la niña estaba mucho más irritable y demandante desde aquel entonces. Ambos padres decidieron parar: a pesar de que no entendían que ocurría con su hija en esta etapa, conectaron con todas las cosas que le hacían bien desde pequeña. Recordaron que desde que estaba en el vientre de su madre, le cantaban una canción de cuna que más adelante la ayudaba a calmarse y que cuando tenía sólo un mes de vida se dieron cuenta de que mecerla de una cierta manera generaba en ella un estado profundo de relajación. Han hecho un buen trabajo en conocerla y regularla desde el principio, y en esta etapa no sería la excepción.

 

Dado que en los niños muy pequeños aún no se consolidan las habilidades cognitivas y socioemocionales que conocemos, pareciera que los primeros años no tuvieran mucha influencia en el desarrollo y en el aprendizaje, sin embargo, los desafíos de cada etapa no son acontecimientos aislados: todo lo adquirido desde la primera infancia tiene tremendas repercusiones para el futuro desarrollo de esas capacidades.

 

Lo que a veces no sabemos es que en la primera infancia, el desarrollo socioemocional es un proceso más que un estado alcanzado y en cada etapa podemos conquistar un logro para el desarrollo que puede ser crucial aunque sea casi imperceptible para los adultos. Así,cada aprendizaje previo es una base para cada aprendizaje posterior.

 

Al mencionar esto, lo que nunca imaginamos es que esos cimientos para la salud física y psicológica se forjan incluso desde el período prenatal (Cristina Cortés , 1998) por lo que mientras más tempranas son nuestras interacciones con el bebé (incluso en gestación), más fácil es desarrollar un vínculo donde podamos leer y predecir ciertas respuestas. emocionales, para que nuestros hijos aprendan a confiar en que sus necesidades pueden ser acogidas y paulatinamente puedan regular su propio comportamiento y estado emocional según las posibilidades de cada edad.

 

La importancia del “mientras antes, mejor y cuanto más repetitivo, mejor” tiene que ver con que mientras más reiterada es una experiencia positiva, este nuevo aprendizaje más se instala en el tiempo. Por ejemplo, si un bebé desde pequeño siente seguridad y calma en su ambiente (uterino, familiar, etc.) un momento estresante aislado no producirá el impacto emocional profundo que un entorno que habitualmente es impredecible e inseguro.

 

¿Cuáles son algunas de estas habilidades tempranas y qué podemos hacer para notarlas y promover el buen desarrollo en cada etapa?:

Dado que nuestro sistema nervioso se desarrolla desde que estamos en el vientre materno, es importante entender que el embarazo es una excelente primera oportunidad para prepararnos como padres hacia un mundo nuevo y en esto, ejercitar nuestra autorregulación parece ser un componente clave: la madre gestante comparte emociones con el bebé mediante hormonas de estrés y de tranquilidad, el bebé percibe los cambios emocionales de su progenitora a través de sus latidos cardiacos  y aprende sobre movimiento y estimulación sensorial a través del movimiento incesante o tranquilo que ella suela realizar. Todo esto da cuenta de que hay una correlación entre el bienestar físico del bebé y el bienestar físico de la madre, y que parte de generar un desarrollo socioemocional al niño parte por nuestros propios procesos de regulación como adultos.

 

Es tan potente y temprana la interacción del bebé gestante con el mundo externo, que ya desde aproximadamente las semanas 11 y 12 de gestación, estará experimentando sus primeras experiencias sensoriales y de reflejos; comienza a sentir parte de su propio cuerpo a través de sus manitos, experimenta el movimiento en el vaivén de la placenta, responde y reconoce algunos sonidos y luces desde el exterior e, incluso, cuando alguien golpetea o acaricia tiernamente el abdomen de la mamá embarazada, el bebé producirá alguna reacción dentro del vientre, al estar en contacto táctil con quien está realizando esa acción. Todas esas interacciones sensoriales con el mundo exterior más nuestras interacciones amorosas con el bebé en gestación son la base del aprendizaje futuro de las emociones.

 

Otras habilidades tempranas que apoyan que el desarrollo socioemocional se forja a niveles muy tempranos son aquellas que se producen durante las primeras semanas y meses de un recién nacido. Si bien parecen bastante pasivos durante este primer tiempo también ocurren respuestas super potentes hacia el entorno y en las cuales mientras más generamos la oportunidad de intervenir y regular, mayor desarrollo potenciamos. Es un hecho que al primer mes de vida ya son capaces de reconocer nuestra voz y de reaccionar ante estímulos intensos del ambiente desarrollando por ejemplo un “reflejo de huída” (en el que la pierna realiza cierta flexión como respuesta a una sensación de dolor) o el “reflejo Moro” (ante ruidos fuertes se extienden las piernas y las manos para luego encoger los brazos formando una pequeña barrera, como si estuviera protegiendo su cuerpo).

 

Asimismo, las primeras emociones que un bebé pequeño comienza a manifestar son las de placer, malestar, dolor e interés: el resto de las que conocemos (como la alegría o tristeza) tienen aspectos cognitivos que aún no desarrolla de manera clara hasta algunos cuantos meses después (Oscar Castillero 2020) sin embargo, sabemos que su principal mecanismo de comunicación es el llanto, que funciona como nuestro principal indicador de que algo produce incomodidad o no marcha bien. Si es prontamente acogido y sus necesidades rápidamente son leídas nuestro bebé aprende a utilizarlo de forma saludable, es más; cuando nuestros hijos tienen la tendencia a reaccionar con mucha intensidad ante el estrés, nuestras respuestas de cuidado, de conexión y sensibilidad a sus señales pueden disminuir esa predisposición y mejorar la capacidad para regular el malestar.

 

Ideas para sentar las bases para el desarrollo emocional desde la interacción temprana:

Pensando en la madre en proceso de gestación y dada la sintonía que existe entre su propio estado fisiológico y emocional y el del bebé, la invitación es a generar espacios para detenerse y poder ser consciente de sus propios procesos durante el embarazo y los primeros meses de vida del bebé.

 

  • Aprender a reconocer las señales de mi cuerpo (ante una reacción emocional, como parte de un incremento hormonal o de cambios físicos propios del embarazo) y regalarme espacios para hacerme cargo de esas necesidades que son mías pero que impactan al embarazo.
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  • Aprender a conectar acciones de mi cuerpo con las respuestas de mi bebé; especialmente en el embarazo y en la lactancia: Por ejemplo, ¿siento alguna patadita más intensa luego de un día de mucho esfuerzo físico? ¿Qué pasa cuando como algo dulce o muy estimulante?
     
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    Pensando tanto en la madre como en todos los otros actores relevantes en la vida del bebé (padre, abuelos y otros cuidadores)

     

  • Generar ciertos “rituales” de interacción amorosa y de estimulación de los sentidos a nivel muy temprano: por ejemplo, cantar una canción de cuna con cierta regularidad mientras el bebé se encuentra en gestación puede ayudar a que esta sea recordada como algo familiar y seguro cuando sea cantada  ya fuera del vientre de su madre, propiciando la regulación.