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Ya sea en verano, primavera o invierno, los ojos de nuestros hijos están siempre propensos a factores ambientales que pueden afectar su correcta salud. Aprendamos cómo cuidarlos y evitar infecciones.
El polvo, el pasto, el viento y el temido plátano oriental, árbol que cada vez más toma participación en los parques y plazas de nuestro país, son sólo algunos de los factores que pueden afectar la salud de los ojos, en especial de nuestros niños.
Si bien, el órgano ocular está equipado de elementos que los protegen, como los parados y las pestañas, éstos no son capaces por si solos de mantener una adecuada desinfección. En niños sobre todo, es muy difícil controlar el impulso de llevarse las manos a la boca, nariz y a los ojos, generando un ir y venir de bacterias y que podrían desencadenar alergias u otras enfermedades.
Asimismo, al refregarse los ojos pueden entrar pequeñas partículas que junto con irritarlos, dañen la córnea o incluso generar conjuntivitis infecciosa.
Como no podemos estar siempre atentos ni presentes en estas situaciones, debemos procurar una buena y constante limpieza de los ojos y también de las manos, el agente transmisor de infecciones más importante de nuestro cuerpo.
Respecto a los ojos, la forma correcta de realizar el aseo es apoyados de una gaza humedecida, una toalla o pañito, se debe frotar en dirección de la nariz a la sien o borde externo del ojo. Si lo hacemos en sentido contrario, el párpado inferior puede separarse fácilmente del globo ocular y ayudar a masificar la suciedad.
Cuando hay presencia de secreciones, lagañas o escamas, los especialistas recomiendan humedecer el ojo con solución salina normal (agua hervida tibia con un poco de sal o aquella que ofrecen las farmacias en formato ampolla). En estos casos puede echarse un chorrito del líquido directo en el ojo, aplicar un leve masaje y luego limpiar con una gaza los residuos.
Siempre alertas
Ya preocupados por la limpieza diaria, oftalmólogos advierten que siempre se debe estar atento a cualquier cambio o condición extraña en los ojos de los niños. Detectar, por ejemplo, señales como ojos rojos, hinchazón o inflamación de los párpados, secreción, lagrimeo constante y picazón (en caso que el niño frote continuamente sus ojos y se queje).
Ante la presencia de estos síntomas lo primero será llevar al menor al especialista correspondiente y no automedicar, pues si corresponde a una infección, el uso de pomadas no prescritas por el médico posiblemente agrave la lesión.
Junto con el chequeo físico que realizará el oftalmólogo, posiblemente se solicite un cultivo de la secreción del ojo y otro exámen para detectar algún daño en la superficie del globo ocular. Como tratamiento, lo habitual es el uso de gotas, ungüentos o antibióticos orales, dependiendo de la gravedad de la infección y la edad del menor.
La detección temprana de estas patologías, puede evitar que el problema se agudice y genere consecuencias aún más graves como la cicatrización corneal, inflamación del iris, perforación de la córnea y que requieran de tratamientos más complejos.
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